Ha caído la penúltima hoja del calendario. Y he querido retrasarla. Para esto no hay como volver la vista atrás y disfrutar, por ejemplo, yendo al Circo con los abuelitos y los papás.
Hicimos cola para comprar las entradas de esa misma noche. Temblaba de emoción y de frío. De vez en cuando, de miedo porque ese rugido amenazador era de los leones que aguardaban su salida a la pista entre bambalinas.
Todos estábamos de acuerdo en sentarnos en la parte alta del Teatro por lo que pudiera pasar: que cayera sobre nosotros la trapecista. O un león se acercara a saludarnos. ¿Por que sonaba tan endeble la jaula de las fieras? ¿Sería verdad que desaparecían los gatos del barrio mientras el Circo estaba allí?
Menos mal que los payasos y los saltimbanquis nos alegraban la tarde-noche. Y entre risas, canciones, perritos adiestrados, etc, etc. Aplaudíamos a rabiar a la bella trapecista Pinito del Oro, valiente donde las haya.
La salida a la calle, más fría si cabe que antes de entrar en el Circo, era un castañeteo de dientes y palabras entrecortadas por la risa, la admiración y el miedo a esas sombras inquietantes que montaban guardia, subidas a las paredes de la cárcel.
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