Cuando reanudamos el juego habían pasado más de diez horas desde que la sirena y yo decidimos jugar al parchís . Nos pasó lo de casi siempre: el juego sería como coser y cantar pero de repente, los dados sufrieron una especie de cataclismo y nos comimos la una a la otra hasta que todas las fichas quedaron a la espera de que salieran cincos y poder reanudar el juego.
- ¡Nooooo! - ¿Y ahora qué? - Sabíamos que teníamos paciencia por un tubo, pero era aburrido.
Llevábamos un tiempo empantanados sin saber qué hacer. No salían cincos ni equivocándonos. Teníamos que arreglar aquel desbarajuste. - Mira, salimos con el primer número que salga ¿Vale? - Eso será hacer trampa... - ¿A quién se lo vas a contar tú? - ¡A nadie. Que vergüenza!
Al final fue la abuela quien solucionó el problema. Entró en el comedor hablando con la Cotilla. En un plis plás recogió todo lo que había en la mesa con ayuda de un trapo. Lo sacudió en el cubo de la basura, ató la bolsa y le dijo a Geoooorge que la bajara al contenedor. Poco después estábamos todos merendando un pa amb oli con queso mahonés que nos supo a gloria.
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